El despliegue de autoridad.

El despliegue de autoridad

Cuando el sujeto es aprehendido, cuando lo pillan, se añade un nuevo significado: la gravedad. El encuentro con la autoridad siempre entraña sorpresa, sólo sea porque no suele existir aviso previo. El sujeto pasa de una comprensión abstracta a una comprensión concreta de la actuación de la autoridad organizada, ya no se trata de una reprimenda familiar o de la manifestación de desagrado de un viandante, las agencias formales de control hacen su aparición y despliegan toda la parafernalia: uniforme apropiado, determinad tono de voz, posturas, modales, jerga profesional. Desde luego el individuo queda impresionado. Si bien es posible que luego se recupere, de hecho sucede a menudo, la autoridad ya ha impuesto su huella: el asunto es grave.

El despliegue de la autoridad no se limita a este encuentro, el sujeto comprende que existen personas que organizan su actividad en torno a sujetos como él. Presionado por este despliegue, el sujeto puede añadir gravedad y sentido a sus actividades y ponerse del lado de la sociedad, pero, y aquí radica la ironía, el sujeto puede malinterpretarlo todo y emprender un viaje hacia dentro y no hacia la sociedad, con lo que añade sentido a la conducta ya realizada, construyendo una identidad desviada.

El sujeto puede entender su aprehensión como una consecuencia de su conducta y enmendarse, pero puede entenderla como una señal de su identidad, como algo que le indica fielmente quién es. Es esencialmente un desviado, y esta esencialidad se agravará con la reincidencia. Cuanto más repita su comportamiento más esencialmente se verá como desviado, la sociedad avalará aún más esta identidad y el individuo se sentirá incapaz de dejar de verse tal y como aparece a los ojos de los demás. Es, como si hubiera caído bajo la influencia de un hechizo que le impide verse en su totalidad, cada vez que intente desempeñar otros estatus, como comportarse de acuerdo con la normalidad, su conducta podrá ser entendida por los demás y por él mismo como un simulacro: simplemente simula portarse bien, pero todos, incluido él mismo, conocen su verdadera naturaleza.

El paso fundamental en la carrera desviada es la construcción de la identidad, un camino que comienza con la intención y la empatía con lo desviado. Cuando uno se imagina a sí mismo como alguien capaz de realizar un acto, entran en consideración todas las circunstancias asociadas a ese hecho, todas las normas sociales que con él se relacionan y la reacción social que se produce hacia las personas que realizan cotidianamente ese tipo de actividades, es parte de la anticipación del rol, estamos hablando de socialización anticipada, por eso cuando el hecho y la reacción tienen lugar, la profecía se cumple sin grandes impedimentos.

La capacidad que tenemos de predecir conductas, relacionada directamente con la socialización y la experiencia como parte de la misma, juega un importante papel, sin embargo, la desviación es un proceso, no es algo automático, de indudable capacidad explicativa, no entiende la desviación en términos de contagio sino de evolución, de cambio. Se trata de una carrera que se afianza con las interacciones que va llevando a cabo el individuo y, sobre todo, a través de los significados que tanto él como quienes con él interactúan les otorgan. Una vez que el individuo ha construido su identidad desviada, dentro de ese sistema de interacciones, el sujeto se transforma en estereotipo, se convierte en representante de un colectivo, personifica la desviación. Un ladrón puede representar el robo del mismo modo que un juez puede representar al poder judicial. Irónicamente el desviado está ahora más unido que nunca al aparato de control: trabaja para él como sospechoso, se le irá a buscar cada vez que se tenga noticia de un delito que coincida con su forma de actuar.

En su condición de representante de un colectivo como sospechoso, el desviado satisface dos necesidades: Por un lado elimina al resto de ciudadanos honrados de una persistente presencia policial y de ser considerados como posibles desviados. Por otro, conforta al aparato policial en su práctica diaria de la ingente cantidad de delitos sin resolver.

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