La normalidad del delito

En Las reglas del método sociológico queda claro que una de las cuestiones que debe afrontar la nueva ciencia social es la de generar definiciones que escapen de los prejuicios y los estereotipos sobre cómo es y cómo funciona la realidad objeto de su estudio. Además, debe generar categorías propias desde las que definir ese objeto. No se puede definir la religión como hecho social apelando a lo sobrenatural; no debe ser analizado por tanto como un asunto de los dioses o del más allá.

Una de las cuestiones que deben definirse es la diferencia entre lo normal y lo patológico. Aunque, en general, lo normal es aquello que además de comúnmente aceptado por la mayoría contribuye al equilibrio y la cohesión social, no siempre podemos establecer que un hecho sea enteramente patológico. El mejor ejemplo de ello, lo constituye el delito. La mayoría de los criminólogos del siglo XIX entendian el delito como algo morboso, sin embargo este juicio es precipitado.

El delito a pesar de las sanciones y de la repulsa social que suscita, existe en todas las sociedades y en todas las épocas; de hecho tal realidad aumenta como reflejan las estadísticas. Estos hechos son sucesos propios de las sociedades humanas, que se presentan en todas ellas y, por tanto, forman parte de las mismas como cualquier otro hecho. Evidentemente sería deseable una sociedad sin delitos, si bien la experiencia científica demuestra que esto es imposible y por ello debe analizarse sin prejuicios sobre si son buenos o malos, sino con la certeza de que como hechos sociales deben tener una explicación científica y, dada su permanencia, cumplir determinadas funciones positivas para el conjunto.

Por lo tanto, entendemos el crimen como una patología, nada habría más normal que el delito, de hecho lo anormal, lo patológico, no es que se cometan delitos sino que su tasa aumente por encima de lo que cada sociedad es capaz de asumir. Paradójicamente, el delito es saludable, no se trata simplemente de que sea inevitable dada la incorregible maldad humana, sino que posee funciones positivas para la salud pública. Tan es así que una sociedad sin delito es inviable, por un lado contribuye a generar cohesión social al favorecer que los sentimientos colectivos que salvaguarda el Derecho sean interiorizados con mayor intensidad por la población normal. Por otro, el crimen señala a la sociedad que algo falla en su funcionamiento y que, sería bueno adoptar medidas al respecto de favorecimiento del cambio y de la transformación.

La desviación es necesaria en la medida en que parte de los que se desvían señalan nuevas orientaciones. Sócrates fue un delincuente en su época y castigado según las normas de la antigua Grecia, asimismo otros grandes pensadores fueron juzgados por herejía, y, sin embargo, contribuyeron al pensamiento moderno. En definitiva, una sociedad sin delito es inviable porque aunque todos se comportaran correctamente y no cometiesen crímenes, inmediatamente las faltas consideradas de menor importancia adquirirían el rango de delitos importantes. Las desviaciones leves se transformarían en desviaciones graves. Además tal sociedad, sin desviación, se quedaría anquilosada, pues al cumplir todas las normas se inhibiría el cambio, con lo cual no evolucionaría y pronto acabaría por extinguirse.

En este sentido, la labor del Estado ya no es la del represor sino la de prevenir la aparición del delito y tratar de recuperar a los individuos desviados.

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